MARIANA IGLESIA
Después de dos días sin comer y sin dormir; de estar a la deriva
en medio de una tormenta en el mar, luchando contra olas de seis metros y
un viento de más de cien kilómetros por hora, un navegante solitario argentino
fue rescatado ayer por la prefectura uruguaya.
Fueron casi cincuenta
horas de desesperación, pero con mucho espíritu, fuerza y paciencia Pedro
Quatrocchi finalmente lo logró: le ganó la batalla a esa implacable sudestada
que amenazó con destruir su vida y al "Tomara", su pequeño velero.
"Fue
terrible; no pude pegar un ojo ni distraerme un solo minuto durante dos días. Si
dejaba de luchar me iba para el fondo y no contaba la historia", dice este
porteño de 36 años que ayer descansaba, fuera de peligro, en el puerto de
Piriápolis.
Amarrado, el "Tomara" también mostraba signos de haber
atravesado una tormenta: sin velas, con el mástil y sus equipos rotos, sólo su
estructura blanca a rayas azules estaba intacta.
Pedro lucía agotado,
pero los médicos que lo revisaron aseguraron que está "diez puntos". Sólo le
vendaron la mano derecha porque estaba lastimada y llena de golpes. "Me siento
bien. Ahora lo único que quiero es sacarme la venda, comprarme una vela y llegar
a Buenos Aires para ver a mi familia", contó Pedro a Clarín.
Su
desdichada aventura empezó el 11 de mayo. Ese día, con la única compañía de
Panky y Punky (sus dos gatitas), partió de Itajaí —cerca de la ciudad brasileña
de Santa Catarina— hacia Buenos Aires. Según sus planes, el viaje de 1.200
millas —2.000 kilómetros— iba a llevar unos 8 días.
Todo iba bien hasta
el domingo, cuando una fuerte sudestada lo sorprendió a la altura de Mostardas,
al sur de Brasil. Logró mandar una señal de socorro por radio, que fue escuchada
en La Paloma. Pero después, todo el equipo se rompió, incluido el piloto
automático. Entonces no quedó otra opción que calzarse un arnés y atarse a la
línea de vida, un cinturón de seguridad que lo mantuvo unido a su
velero.
"Era imposible abandonar la cubierta; si lo hacía, me hundía con
el velero. No pude comer ni dormir durante dos días". Pedro luchó con su cuerpo
contra las olas y un viento terrible. Mientras, esperaba alguna señal de
auxilio. Las luces de esperanza recién llegaron el martes al mediodía. Eran de
un barco de la prefectura uruguaya y otro de la Asociación Honoraria de
Salvamentos Marítimos y Fluviales, que lograron localizarlo cuando su velero se
agitaba muy cerca de la isla Gorriti.
El rescate duró más de seis horas
porque la sudestada continuaba. Y a pesar de estar frente a la costa de Punta
del Este, los vientos y la marea indicaron que sería mejor ir hacia Piriápolis.
El grupo, que también remolcó al "Tomara", llegó al puerto a las 4 de la
madrugada de ayer.
Lo esperaba una ambulancia, pero —salvo algunas
lastimaduras en la mano derecha— estaba perfecto. Recién entonces Pedro se dio
una ducha caliente, comió y durmió. "Quiero agradecerle a la prefectura y a esta
asociación civil que salvaron mi vida y la de mi velero. Si no fuera por ellos,
no sé qué hubiera pasado...". Pero Pedro no quiere ni pensar en eso. Ahora sólo
le preocupa su vuelta a Buenos Aires.
Y lo que planea no es exactamente
un viaje de avión: "No le tengo miedo al mar: el agua es mi vida", dice este
hombre que por algo nació en la Boca. "Tenía 8 años y sólo miraba los barcos. Ni
mi vieja pudo convencerme de que jugara al fútbol. Mi destino está marcado por
el mar."
Hace 18 años a Pedro le tocó ser uno de los combatientes de la
guerra de Malvinas que participó del rescate de los sobrevivientes del crucero General Belgrano. La triste experiencia lo mantuvo alejado del agua por
mucho tiempo. Por eso manejó un taxi hasta que, hace tres años, se recibió de
piloto náutico en la Prefectura.
Con la pensión que cobra como
excombatiente compró al "Tomara", y todos sus sueños se hicieron realidad. Su
familia entiende esta pasión y lo espera. "Lo extraño un montón; lo único que
quiero es que vuelva", dijo ayer Claudia, su mujer, desde el departamento de
Almagro. Luciano y Bruno, de 10 y 6 años, también quieren ver a su papá. Pedro
les prometió que en diez días estará de vuelta. Y ellos estarán ahí, en el
puerto, esperándolo ansiosos en algún rincón de algún muelle.
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